martes, 9 de julio de 2013

LA FAMILIA DE HERNÁN CORTÉS






LA FAMILIA DE HERNÁN CORTÉS
SUS HIJOS Y SUS PARIENTES

En el estudio del Conquistador, es muy importante saber algo de los vástagos que tuvo desde que residía en Cuba como inquieto colono y funcionario de Santiago de Baracoa en 1514, población que fungía entonces, como capital de la Isla.

La etapa de la gestación de sus hijos corresponde casi exclusivamente al tiempo que permaneció en la tierra de su conquista; si exceptuamos al primero, Luis, del matrimonio con doña Juana de Zúñiga y Ramírez de Arellano.
Luis Cortés murió en 1530 a pocas semanas de llegar a Nueva España,  cuando don Hernando y su numerosa comitiva permanecían detenidos en el convento franciscano de Texcoco a consecuencia de la mala fe de la Primera Audiencia.

Cortés siempre demostró a todos sus hijos un gran amor filial. Nunca abandonó o rechazó a ninguno, aunque ya en su ancianidad desheredaría a Luis Cortés de Hermosillo por haberse comprometido en matrimonio con la sobrina de su peor enemigo Bernardino Vázquez de Tapia.

Hernán Cortés no tuvo hermanos, fue hijo único, pero sí tuvo numerosos primos en varios grados de parentesco, que vinieron a residir a Nueva España. De los cuales, vamos a nombrar algunos de ellos:

Fray Diego Altamirano; el Lic. Juan Altamirano; Juana Altamirano y Pizarro mujer del anterior; Alonso de Avalos y su hermano Hernando de Saavedra, primeros conquistadores de Jalisco, encomenderos de la Provincia de Ávalos;  el marino Diego Becerra de Mendoza; el Lic. Francisco de las Casas; Gonzalo de las Casas, el capitán Francisco Cortés de San Buenaventura conquistador de Colima; el marino Diego Hurtado de Mendoza descubridor de la costa norte occidental de Nueva España; el Lic. Francisco Núñez; don Nicolás Palacios-Rubios; los hermanos Rodrigo, Pedro y Lucía de Paz;  y el marino Álvaro de Saavedra Cerón descubridor de la ruta directa de Nueva España al Asia.

Cortés también se preocupó por los amigos y participantes en la gesta conquistadora, si bien durante su vida, tuvo muchos enemigos; sin embargo, fueron muchos más sus amigos a quienes benefició en lo que pudo. Con verdadera caridad cristiana, demostró esa preocupación en las obras de beneficencia que impulsó siempre que las circunstancias se lo demandasen.


ASCENDIENTES DE HERNÁN CORTÉS


En este árbol genealógico no figura el nombre de su abuela paterna, quien es muy importante porque de ella, su padre don Martín tomó el apellido CORTÉS: La abuela de don Hernando era MARÍA CORTÈS.








LOS ONCE HIJOS DE HERNÁN CORTÉS

LOS  5 HIJOS NATURALES
Cortés había tenido antes de su segundo matrimonio cin­co hijos, dos con mujeres españolas y tres con mujeres de la nobleza indígena. Comenzamos esta relación con los hijos naturales porque éstos fueron los mayores en edad, y también porque, hay que recalcar que don Hernán, una vez casado con doña Juana de Zúñiga, no volvió a tener ningún otro hijo o hija natural.
La primogénita parece haber sido Catalina Pizarro (1) que llevaba el mismo nombre de la madre de Cortés-, esta hija nació hacia 1514 o 1515 en Santiago de Cuba, y la madre de la niña se llamó  Leonor Pizarro, residente en esa isla, y acaso pariente de Cortés. Esta Catalina Pizarro, siendo ya mayor vino a residir a Nueva España donde Cortés la casó con el conquistador Juan de Salceda.
 Cuando Hernán Cortés, ya muy enfermo en Sevilla, dictó su Testamento, le dedicó las cláusulas XXV a XXXII para proteger a esta Catalina, por quien sentía especial cariño y a la que había legitimado en 1529. Sin embargo, a pesar de ello, Catalina tuvo un destino amargo, pues fue despojada de sus bienes por la Marquesa viuda, y contra su voluntad, recluida en un convento.
(1)"Tuvo Cortés un hijo o una hija, no sé si en su mujer, y suplicó a Diego Velázquez que tuviese por bien de se lo sacar de la pila del baptismo y ser su compadre", escribió Bartolomé de  Las Casas en su Historia de las Indias (lib. lll, cap. xxvii). Si hubiese sido hija de Catalina Xuárez y la niña hubiese muerto, ello se habría mencio­nado como prueba, de los vínculos que la unieron a Cortés, en el proceso por gananciales del matrimonio, seguido por los parientes de Catalina contra Cortés en 1529.
Bernal Díaz afirma que Leonor Pizarro era "una india de Cuba que se decía doña fulana Pizarro" (cap. Cciv, “La Conquista de la Nueva España”. Lo de india como aborigen parece improbable, seguramente se trataría de una “indiana”, española nacida en las Islas.
Por otra parte, en la probanza de 1550 contra su madrastra la Marquesa doña Juana de Zúñiga (La vida colonial, op. cit., p. 29), Catalina Pizarro, hija de Leonor Pizarro y de Hernán Cortés y que debió ser la primogénita, afirmó ser nacida en Nueva España. Si esto es verdad, lo que es improbable; el hijo o hija nacida en Cuba y apadrinada por Velázquez sería otro del que no se supo más.
Martín Cortés Malintzin, primer hi­jo varón y primero de este nombre -el del padre de Cortés-, nació entre 1522 y 1523, probablemente en Coyoacán. Su madre fue Malintzin, bautizada como Marina y lla­mada la Malinche, “lengua” india, aliada y amor de Cor­tés. Doña Marina casó en 1524 con Juan Jaramillo, cerca de Orizaba al princi­pio de la expedición a las Hibueras, con quien tuvo una hija llamada María Jaramillo, más tarde casada, con larga descendencia. Doña Mari­na murió en 1527 y fue enterrada en la Capilla de Santa María la Redonda. Hernán Cortés, se ocupó de la educación de Martín y, según decía, no lo quería menos que al otro Martín, el hijo de la Marquesa.
Existe una carta de Cortés al licenciado Núñez,  su pariente y procurador en Castilla, cuando al tener noticias de que este Martin estaba enfermo, le encarece su cuidado y le dice: "No le quiero menos que al que Dios me ha dado con la marquesa": Carta de Hernán Cortés al licenciado Núñez, Puerto de Santiago, 20 de junio de 1533: en Documentos, sección VI.- G. R. G. Conway, Notas a la Postrera voluntad y Testamento de Fernando Cortés, marqués del Valle, Trad. de Edmundo O'Gorman, Editorial Pedro Robredo, México, 1940, n. 10, pp. 70-72.
En 1529 obtuvo su legi­timación del papa Clemente VII, en unión de sus medios hermanos Luis Cortés de Altamirano y Catalina Pizarro. Recibió el hábito de Santiago. Casó con Bernardina de Porres, y tuvieron un hijo que llamaron Fernando, como el abuelo ilustre.
Martín Cortés Malintzin, junto con el otro Martín, el segundo mar­qués del Valle, se vio envuelto en la conjura de 1565. En el proceso que se le siguió fue atormentado y luego desterrado a España. Participó en las guerras con­tra los moriscos. Nunca regresó a Nueva España, murió en España hacia fines del siglo XVI, dejando larga descendencia. Don Martín Cortés Malintzin nunca volvió a Nueva España. Murió don Martín Cortés en Madrid, el 13 de agosto de 1589, aniversario de la toma de México por su padre. Sin embargo, su nieto don Fernando Cortés nacido en Logroño de la Rioja, vino a Nueva España donde residió e hizo testamento. Actualmente existente en el Archivo de Notarías de la ciudad de México. (Año de 1999 Luís G. Pérez de León.)
Luis Cortés Altamirano, -como se le llama en la bula papal- nació hacia 1525 y fue hijo de la española Anto­nia o Elvira Hermosilla, y también fue legitimado. Su padre lo llevó a España en el viaje de 1540. Recibió la Orden de Calatrava. Casó con doña Guiomar Vázquez de Escobar, sobrina de Bernardino Vázquez de Tapia, con­quistador enemigo de Cortés, lo que pudo ser la razón de que Cortés lo desheredara en el codicilo añadido a su Testamento poco tiempo antes de morir.
Leonor Cortés y Moctezuma nació hacia 1527 en la ciudad de México y fue hija de Tecuichpo o Ichcaxóchitl (Flor de algodón), que cristianizada se llamó doña Isabel Moctezuma (1509-1550), hija preferida de Moctecuhzoma (señor de México) Entre los matrimonios de Isabel con (Alonso de Grado y con Pedro Gallego, nació Leonor, des­pués de que Cortés llevó a Isabel Moctezuma, a vivir en su casa. Doña Isabel casaría en su tercer matrimonio, con Juan Cano. Andado el tiempo, la nieta de Cortés, doña Leonor casó con el vizcaíno Juan de Tolosa, "el rico", uno de los conquistadores y fundadores de la ciudad de Zacatecas.
María Cortés  sólo se sabe que fue hija de "una princesa azteca", acaso la prima de doña Ana, otra pariente de Moctecuhzoma, de quien el malqueriente de Cortés,  Bernardino Vázquez de Tapia, dijo en el juicio de residencia “que estaba preñada del mismo don Fernando".
El hijo posible: ¿Y aquel “Amadorcito”, el niño que Cortés encargó con tanto empeño a su mayordomo Francisco Santa Cruz, en 1528, antes de salir para España? Pudo ser el más pequeño de sus hijos naturales, y acaso murió antes de que dictara su testamento, ya que no lo menciona  en él.





LOS  SEIS HIJOS LEGÍTIMOS

LOS HIJOS DE SU SEGUNDA ESPOSA LA MARQUESA JUANA DE ZÚÑIGA Y RAMIREZ DE ARELLANO

­Con su segunda esposa, doña Juana de Zúñiga, el marqués del Valle tuvo seis hijos. Los dos primeros murieron poco después de nacer, Luis, en 1530, en Tezcoco, y Catalina, en 1531, en Cuernavaca. Al final de la carta que escribió Cortés a su pariente y procurador el licenciado Núñez, a mediados de 1532, desde Cuernavaca, le decía: "El hijo e hija que Dios nos había dado, se nos murieron. Ahora está preñada" (doña Juana). El tercer hijo sería Martín.
 Luego, vinieron María, Catalina y Juana, esta última casada con el 2º duque de Alcalá de los Gazules y matriarca de una numerosa y distinguida descendencia; los Enríquez de Rivera o Ribera.

MARTÍN CORTÉS RAMÍREZ DE ARELLANO Y ZÚÑIGA
Martín Cortés, el sucesor y futuro segundo marqués del Valle, nació en Cuernavaca en 1532. Fue a España con su padre en 1540, entró al servicio de Carlos V y luego de Felipe II. Casó con su prima y sobrina Ana Ramírez de Arellano, con quien tuvo a los gemelos: Fernando y Pedro, que serían respectivamente; el tercer Marqués y el cuarto Marqués del Valle; y a tres hijas más: Ana María, Catalina y Ángela quinta Marquesa del Valle de Oaxaca.
Martín  el segundo Marqués estuvo junto a su padre moribundo. Volvió a México en 1562. Fue muy celebrado por los hijos de los conquistadores y llevó una vida de boato y ostentación. Se le tuvo por jefe de la supuesta conjura de 1565 para "alzarse con la tierra". Sus amigos, los hermanos Alonso y Gil González de Ávila, fueron declarados culpables y decapitados en la Plaza Mayor de la ciudad de México, la noche del 3 de agosto de 1566, acontecimiento al que dedicó una sentida "Relación fúnebre" el poeta Luís de Sandoval Zapata. Don Martín, ya segundo marqués del Valle, fue aprehendido poco antes, todos sus bienes secuestrados y finalmente fue trasladado a España, en 1567, para ser juzgado. El Consejo de Indias encontró culpable a este don Martín y a su medio hermano Luís y los condenó a destierro, multas y secuestro de bienes, penas que solamente hasta 1574 fueron levantadas, menos las multas.
Las tres hijas menores de don Hernán y doña Juana; María, Catalina y Juana, debieron nacer en Cuernavaca entre 1533 y 1536.                             


MARÍA CORTÉS Y ZÚÑIGA
En la cláusula XXI del Testamento, Cortés encarga que se cumpla lo concertado con el marqués de Astorga para el matrimonio de su hijo Alvar Pé­rez Osorio con María Cortés. El rompimiento de este matrimonio fue la causa, según Bernal Díaz, de la última enfermedad y muerte de Cortés, por "tanto enojo" que tuvo. Conway hace notar, con razón, que en el codicilo que añadió a su Testamento, el mismo día de su muerte, Cortés encargó a Martín, el hijo sucesor, que en todo se cumplan "los capítulos de casamientos" concertados con el marqués de Astorga, a quien además nombra uno de los tutores de sus hijos. Por otra parte, María Cortés sólo llegó a España a principios de 1548, ya muerto su padre, y entonces debe haber ocurrido el rompimiento. María casó más tarde con don Luis de Quiñones, quinto conde de Luna, con extensa descendencia.

CATALINA CORTÉS Y ZÚÑIGA
Catalina Cortés y Zúñiga nació en el Palacio de Cuernavaca entre los años de 1534 y 1535, siendo niña tuvo un accidente y quedó mal de una pierna, por lo que nunca se casó. Cuando la Marquesa viuda regresó a Sevilla, viajó con ella y permaneció el resto de su vida con su madre hasta la muerte de ésta.
Ambas madre e hija están sepultadas en el convento de la Madre de Dios de la ciudad de Sevilla.


JUANA CORTÉS Y ZÚÑIGA

Juana Cortés, la hija menor, casó en 1564 con don Fernando Enríquez de Ribera (1527-1594), segundo duque de Alcalá de los Gazules, tercer marqués de Tarifa, etcétera; propietario del palacio denominado Casa de Pilatos, en Sevilla, asiento actual del Archivo Ducal de Medinaceli.
Es curioso advertir como en los nombres de los once hijos, naturales y de matrimonio, hay repeticiones de un grupo a otro y aun reposición de los muertos. Hay dos Martín, como el padre de Cortés; tres Catalina, como la madre; dos María, como la abuela paterna, y una Juana, como la marquesa. Hay dos Luís y una Leonor. Y el nombre Hernán, que sólo reaparecerá en dos nietos llamados Fernando.

De Martín Cortés Malintzin, de Martín el segundo Marqués, de Luis Cortés de Hermosilla, de Leonor Cortés Moctezuma, de María Cortés y Zúñiga y de Juana Cortés y Zúñiga, es decir; de seis de sus hijos existe hasta hoy, siglo XXI, una numerosa descendencia repartida por México, Europa, y los Estados Unidos principalmente. Esto asegura que son cientos, quizá miles de habitantes con los genes del hombre que sobre las ruinas del paganismo construyó una nueva nación.
Entre los más notables de los descendientes de Hernán Cortés están:
San Juan de Pignatelli, la virreina del Perú que impulsó la quinina, remedio eficaz en aquellos tiempos para combatir el paludismo, y el  Arzobispo y 27º virrey de Nueva España Fray Payo Enríquez de Rivera.   



Carta de Hernán Cortés a su procurador el Lic. Francisco Núñez “ad íterim”(con pasajes cifrados), Cuernavaca, 25 de junio de 1532: en Documentos, sección VI.
“Hay dos estatuas orantes en mármol blanco que representan a doña Juana de Zúñiga la Marquesa y otra a su hija doña Juana Cortés en el Palacio de Medinaceli en Sevilla.  Informes proporcionados por don Antonio Sánchez González, director del Archivo Ducal de Medinaceli, en cartas a JLM del 23 de julio y 16 de septiembre de 1985.”
Don Luis Gonzalo Pérez de León, visitó el Archivo Ducal en 1998 y las estatuas orantes no las encontró allí. Actualmente se encuentran en la Capilla Familiar de los  Enríquez de Rivera, duques de Alcalá de los Gazules, en la isleta de la Cartuja, en medio del río Guadalquivir.

BIBLIOGRAFÍA:
Archivo de la Academia de Hernán Cortés, “Por la difusión de la Verdad Histórica”, por Luís G. Pérez de León.
“Documentos inéditos relativos a Hernán Cortés y su Familia”,  Publicaciones del Archivo General de la Nación, 1959.
Biblioteca del Hospital de Jesús, Cd. de México
“Hernán Cortés”, José Luis Martínez, UNAM. 1990. Francisco Fernández del Castillo, "El Testamento de Hernán Cortés", Ana­les del Museo Nacional, México, 1925,5" época, t. 1, núm. 4, p. 437.- Conway, op.  ., n. 10, p. 71 Y n. 24, p. 86.    Baltasar Dorantes de Carranza, Sumaria relación, p. 100.- Conway,n. 12, 'p. 77-78.               México, 1529: en  Bernal Díaz, cap. cciv. Véanse los Encargos de Hernán Cortés a su mayordoma Francisco Santa Cruz, México, 6 de marzo de 1528: en Documentos, sección IlI. Datos tomados del Libro “Hernán Cortés” de José Luís Martínez.  .
LUIS OZDEN

Septiembre de 2012.

jueves, 27 de junio de 2013

ESCUDO DE ARMAS CONFECCIONADO POR HERNÁN CORTÉS


LA FE DE HERNÁN CORTÉS



LA FE DE HERNÁN CORTÉS
LA CRUZ Y LA ESPADA
 Hernán Cortés desembarcó en la isleta de San Juan de Ulúa, el jueves Santo 21 de abril de 1519, al frente de casi 600 hombres de guerra; habían pasado solamente 27 años desde la toma de Granada por los Reyes Católicos y 26 años y medio desde el descubrimiento del continente americano por Cristóbal Colón. Por lo tanto, Cortés y sus seguidores continuaban el impulso natural de la España de entonces, primera potencia europea, que junto a Portugal, abrían las rutas marinas al comercio y a la Fe cristiana.
Frente al pequeño grupo de exploradores se dibujaba la línea costera de un mundo desconocido. Solamente, dos breves exploraciones anteriores habían tocado ese litoral; la de Hernández de Córdoba en 1517 y la de Juan de Grijalva en 1518.
México, nuestro país no existía todavía, el pueblo mexicano estaba aún por nacer, y el territorio que Cortés contemplaba estaba ocupado por muy diversas tribus paganas que hablaban más de 50 lenguas y dialectos diferentes, guerreando continuamente unos contra otros. De entre ellos el más fuerte era la tribu colhúa, casta guerrera seguidora de una religión cruelísima con la cual esclavizaba a muchos pueblos oscureciendo su espíritu. Cada comunidad sometida debía entregar, entre otros, un tributo de jóvenes y doncellas para el sacrificio a sus dioses. Y los caciques temblaban con solo escuchar el nombre del gran "tlatoani" (Que traducido al castellano es: el que habla más fuerte, el mandamás) Moctezuma.
Para entender la FE de Hernán Cortés y de sus compañeros hay tomar en cuenta los  antecedentes históricos que habían formado su carácter. En los españoles de los siglos XV Y XVI palpitaba la sangre de más de 30 generaciones de luchadores contra el musulmán, infiel invasor de Iberia por casi 800 años. Todos esos siglos de guerra templaron el valor y la FE de los cristianos, cualidades que no tenían los otros pueblos europeos.  
Por lo tanto, para los hijos de la casta hidalga, empuñar la espada o la lanza, era la única manera de ganarse el pan y hacer morada. El hidalgo, no podía ejecutar otro trabajo, deshonra era, hacerlo por otros medios que no fuesen arriesgar con valor la propia vida, hacer fortuna, mantener su linaje o crear otro con las armas en la mano; todo esto, era lo correcto y digno para los jóvenes cristianos. El ancestral llamado de la cruzada medieval estaba en el alma de los conquistadores del nuevo mundo. La Cruz y la Espada eran los signos de la FE. Salvar las almas  de los paganos del Nuevo Mundo, aún contra la voluntad de estos, y extender el reinado de Jesucristo, eran los principales motivos de la Conquista; el llamado venía de Dios, los medios, de esos jóvenes, muchos de los cuales morirían en la aventura. 
Hernán Cortés era el prototipo de esa casta de guerreros natos, para quienes la vida no tenía otro sentido que empuñar la espada, montar a caballo y arriesgar su vida con valor. Ganar la fortuna del infiel y del pagano a cambio de llevar la luz de la verdadera FE, protegiendo a los religiosos en su labor evangelizadora. A los 19 años de edad el joven hidalgo Hernán, se precipitó en el tumultuoso torrente humano que buscaba fortuna y honra o tal vez la muerte. Como tantos otros cruzó el océano tormentoso, obedeciendo al llamado divino que marcó en Descubrimiento y la Conquista del Nuevo Mundo. SERVIR A DIOS Y AL REY era el lema.
Los hidalgos y la gente llana que se embarcaban en Sevilla para las nuevas tierras descubiertas; debían registrarse en La Casa de Contratación de Sevilla, estupendo filtro, que no permitía el ingreso de forajidos, perseguidos por la Justicia, dudosos cristianos, mujeres de mala vida y de polizontes: quienes no podían pagar su pasaje.   
Con los cientos de miles de documentos del Archivo sevillano se derriba la Leyenda Negra confeccionada por los enemigos de España con la que afirman maliciosamente, que los conquistadores del continente eran “bandas de maleantes”. La Corona española controló mucho mejor que las otras monarquías, a sus emigrantes durante los 330 años que dominó en toda la Tierra Firme americana. Mientras que la Corona inglesa, por ejemplo: desde principios del siglo XVII, vació las cárceles y calles de sus ciudades, de toda laya de indeseables, embarcando a cientos de miles para poblar las costas de Norteamérica. Propiciando, con esto, la extinción de los indios y la trata de esclavos negros arrancados del África.
En la mente de los conquistadores españoles, los seres humanos se dividían en tres clases: cristianos, infieles y paganos; convertir a éstos a la FE de Jesucristo, a la luz de Su Revelación y someterlos al Rey Emperador de las Españas era un deber primordial. Al Rey se le debía lealtad por ser ministro de Dios en la Tierra para defender a los cristianos de sus enemigos jurados y visibles: los musulmanes; mientras que al Papa se le obedecía por ser el representante de Cristo para velar por la salud espiritual de los fieles y defenderlos de los enemigos de la FE: los judaizantes, los infieles y los herejes.
Hernán Cortés era hombre de FE probada; el soldado cronista Bernal Díaz del Castillo escribe en su "Historia Verdadera": "Cortés era muy religioso, rezaba todas las mañanas en su libro de oraciones y oía la Santa Misa con devoción". Antes de entrar en batalla con los nativos les hacía leer por medio de sus intérpretes, el Requerimiento legal; si aceptaban ser amigos se les daba la paz, en caso contrario, se les hacía la guerra. 
Para entender a los conquistadores y, con ellos, a su más insigne representante hay que ser consciente de esta circunstancia: Toda la actuación de Cortés como conquistador, gobernante, político, poblador y constructor de la nueva nación mexicana, estaba impregnada del ideal medieval que creó la civilización cristiana; del amor que sentía por la tierra de su conquista, de la que hoy formamos parte y de su fidelidad al Rey. Hernán Cortés estaba convencido de la santidad de su empresa.
 En noviembre de 1547 en Castilleja de la Cuesta, poco antes de fallecer, pide en la primera cláusula de su testamento que sus restos sean trasladados la villa de Coyoacán. Actualmente, éstos se encuentran en la iglesia anexa al Hospital de Jesús por él fundado en el centro de la ciudad de México.
Los hombres y mujeres del siglo XXI, sobre todo los que pontifican de historiadores oficiales, no ven o no quieren ver los verdaderos antecedentes del nacimiento de la nación mexicana. Influenciados, como están, por los anti valores del cristianismo, como son: el ateísmo, el liberalismo, la indiferencia religiosa y el hedonismo; permeados por las corrientes destructoras de la mente y del espíritu; del mundialismo apabullante y su secuencia  sensiblera, romántica, debilitadora de la educación y del carácter heredados de nuestros ancestros. 
A los intelectuales que desprecian la verdad histórica, qué la han sustituido por otra falsa, fantasiosa y subjetiva, hago un llamado urgente: recobremos el conocimiento y la difusión de nuestro pasado mediterráneo. Somos el resultado de la Conquista española. El nacimiento de lo que sería México, comenzó cuando Cortés derribó los ídolos del templo mayor culhúa inicio de la Conquista, el 13 de agosto de 1521.
 Podríamos afirmar que su FE de Bautismo se escribió el 12 de diciembre de 1531 cuando la Virgen  Santísima se apareció a neófito Juan Diego en el cerro del Tepeyac, y que su Confirmación sería el 27 de septiembre de 1821, cuando don Agustín de Iturbide entró en la ciudad de México al frente del Ejército Trigarante.
LUIS OZDEN
luisozden@yahoo.com
12 de agosto de 2011
FUENTE DE INFORMACIÓN:   Academia de Hernán Cortés, San Ángel. Ciudad de México.

miércoles, 19 de junio de 2013

ESCUDO DE ARMAS DE HERNÁN CORTÉS


ESCUDO DE ARMAS DE DON HERNÁN CORTÉS


El Conquistador, don Hernán Cortés, nacido hacia 1485 en la villa de Medellín, Extremadura; era hijo único del matrimonio formado por don Martín Cortés de Monroy natural de Salamanca y doña Catalina Pizarro Altamirano, natural de Trujillo.  Don Hernán heredó el apellido Cortés de su abuela paterna doña María Cortés. Seguramente, por ser ella, portadora de un mayorazgo, en su matrimonio con don Rodrigo de Monroy abuelo paterno de don Hernando. Y suponemos que su nombre Hernán o Fernando le venía por su tío don Hernán o Hernando de Monroy, hermano mayor de su padre. Aunque también, su bisabuelo paterno se llamó Hernán Rodríguez de Monroy.

Aunque su familia era de origen hidalgo, y sus antepasados habían tenido derecho a usar escudo de armas; no hay referencia de que haya usado alguno; ni del lado paterno: Cortés de Monroy; ni del lado materno: Pizarro Altamirano. Tampoco se tiene noticia de que Hernán Cortés haya portado en sus armas algún escudo heráldico de su linaje, cuando vivía en la isla de Cuba, antes de pensar en la conquista de territorios continentales.  
En las crónicas de los conquistadores acompañantes de Cortés no se encuentra ninguna mención de algún escudo de armas o divisa heráldica que portara. Solamente tenemos las noticias de los estandartes o banderines que llevaba con él durante las marchas o los combates. De los cuales vamos a mencionar algunos:
Cuando Hernán Cortés desembarcó en las playas de Chalchihuecan, un poco, al sur del actual Puerto de Veracruz, enarbolaba un banderín confeccionado por él mismo. Fray Toribio de Benavente Motolinía, lo describe en su Carta al Emperador:

“Traía por bandera una Cruz colorada en campo negro, en medio de unos fuegos azules y blancos, y la letra decía: Amigos, sigamos la Cruz de Cristo, que si en Nos hubiere fe, con esta señal venceremos”
Durante los dos años de batallas, antes de vencer a los Cohlúa, Cortés enarbolaba también, como estandarte, la imagen de la Santísima Virgen María, que además de participar en la guerra, le servía para ilustrar a los caciques vencidos acerca del lugar preponderante que Ella ocupa en nuestra religión. Solamente, al término de la Conquista, don Hernán va a recibir del Emperador Carlos, el escudo de armas que usará el resto de su vida.

En la mayor parte de los retratos existentes del Conquistador aparecen pintadas o dibujadas sus armas personales concedidas por la Corona, el 7 de marzo de 1525, a pedimento del propio Cortés.

El documento original está escrito y dibujado en vitela - tersa piel de ternera - decorada con miniaturas de colores. Este documento existió en el archivo privado del Hospital de Jesús de la ciudad de México, fundado por el Conquistador en 1524. Pero, por una razón no muy clara; en la actualidad, se exhibe en la Biblioteca del Congreso de la ciudad de Washington en los Estados Unidos.
La referencia de este documento la encontramos en uno de los libros del eminente historiador y político del siglo XIX don Lucas Alamán, y en alguna ocasión, Administrador de los bienes de los descendientes de Cortés en el Marquesado del Valle de Oaxaca; Alamán, describe íntegramente, en el 2º. Tomo de sus Disertaciones, esta Cédula Real. Documento muy interesante porque resume en pocas líneas, todo lo referente a la conquista del Poder Cohlua por Hernán Cortés y sus aliados.

Aparte de la firma del rey Carlos I, aparecen las firmas, de la reina Doña Juana madre del Rey; del canciller don Francisco de los Cobos, de don Juan de Sámano, y del Dr. Carbajal. En una hoja completa, en sus colores está el dibujo que representa el referido escudo de armas.

A continuación vamos a reproducir lo que dice la Real Cédula:

No dejastes de combatir a los de la cibdad hasta tanto que á cabo de los setenta y  cinco días prendistes al Señor y principales y capitanes de la cibdad, la cual juntamente con otras provincias fueron reducidas a nuestro servicio, y distes fin y conclusión a ello: e nos suplicastes y pedistes por merced de vos diésemos y señálasemos armas, para que las podáis traher y traigáis demás de las armas que al presente tenéis de vuestros predecesores; y Nos acatando los muchos trabajos y peligros y aventuras que en lo susodicho pasastes, y porque de vos y de vuestros servicios quede perpetua memoria, y vos y vuestros descendientes seais mas honrados, por la presente vos hacemos merced y queremos que demás de las armas que así tenés de vuestro linaje, podais tener y traer por vuestras armas propias y conocidas: un escudo que en medio dél a la mano derecha en la parte arriba haya una águila negra de dos cabezas en campo blanco, que son las armas de nuestro imperio; y en la otra meitad del dicho medio escudo á la parte de abajo un león dorado en campo colorado, en memoria de vos el dicho Hernando Cortés, y por vuestra industria y esfuerzo trajistes las cosas al estado arriba dicho; en la meitad del otro medio escudo de la mano izquierda a la parte de arriba, tres coronas de oro en campo negro, la una sobre las dos, en memoria de los tres Señores de la gran cibdad de Tenustitan y sus provincias que vos vencistes, que fue el primero Moteczuma que fue muerto por los indios, teniéndole vos preso, y Cuataoazin su hermano que sucedió en el señorío y se rebeló contra Nos y os echó de la cibdad, y el otro que sucedió en el dicho señorío, Cuautemuzin, y sostuvo la dicha rebelión hasta que vos lo vencistes y prendistes; y en otra meitad del dicho medio escudo de la mano izquierda a la parte de abajo podais traer la cibdad de Tenustitan, armada sobre agua, en memoria que por fuerza de armas la ganastes y sujetastes a nuestro señorío; y por orla de dicho escudo, en campo amarillo siete capitanes y señores de siete provincias y poblaciones que están en la laguna y entorno della que se rebelaron contra Nos, y los vencistes y prendistes en la dicha cibdad de Tenustitan, apresionados y atados con una cadena que se venga á cerrar con un candado debajo del dicho escudo, y encima dél un yelmo cerrado con su timble en un escudo atal como este”

Una vez en posesión de su escudo de armas; don Hernando, hizo dibujar alrededor de todo, un hermoso lema en latín, confirmando lo que de él escribe el cronista Bernal Díaz del Castillo: “…porque Cortés era latino”

El lema escrito alrededor de su escudo es:

“JUDICIUM DOMINI APREHENDIT EOS, ET FORTITUDO EIUS CORROBORAVIT BRACHIUM MEUM”

Que traducido queda así:

“EL JUICIO DE DIOS LOS SOMETIÓ Y LA FUERZA DE MI BRAZO LO CONFIRMÓ”

A continuación describiremos el escudo de acuerdo a las actuales leyes de la Heráldica para una mejor comprensión.

“Escudo cuartelado en Cruz latina”

Leyendo el dibujo del lado derecho de escudo al izquierdo, y de arriba hacia abajo.

1º. En campo de plata, un águila de sable bicéfala y explayada: Emblema del Emperador don Carlos V.

2º. En campo de sable tres coronas de oro, una sobre las dos, que significan a los caciques contra quienes luchó Cortés venciéndolos: Moctezuma, Cuitláhuac y Cuauhtémoc.

3º. En campo de gules, un león de oro, rampante, figura del valeroso Cortés.

4º. En campo de azur, una ciudad de oro asentada sobre ondas de agua de azur y plata, que significa la ciudad de Tenochtitlán, capital de Poder meshica, tomada por Cortés y sus aliados el 13 de agosto de 1521.

Rodeando a los cuarteles del escudo una bordura de oro con siete cabezas de indios de su color, bien repartidas y atadas con una cadena de sable que cierra en la punta del escudo, un candado también de sable. Representan a los caciques de las principales ciudades que bordeaban el lago central: Tacuba, Coyoacán, Ixtapalapa, Texcoco, Chalco, Xochimilco y Churubusco. Sometidos por orden de Cortés.

El escudo de armas original está adornado con lambrequines de color: oro, sable, gules y azur; que son los colores de las figuras y de los cuarteles. En lo alto, aparece un casco cerrado de hidalgo, burelete y cimera de sable. (1)

En la descripción original no se dan los colores del cuartel número cuatro, por lo que yo los he supuesto, tampoco aparece timbrado con corona de marqués, por dos razones:
Primeramente, porque esta cédula es anterior a la expedida mas tarde en Barcelona, el 6 de julio de 1529, concediéndole el título de Marqués.
En segundo lugar, porque en aquella época, siglo XVI, no se acostumbraba dibujar coronas sobre los escudos de armas. Solamente el Rey tenía derecho a usarla. Esta costumbre sobrevino en el siglo XVIII bajo los reyes de la Casa de Borbón.
Tampoco aparece en el original, el escudete que don Hernando colocó en el corazón o abismo de escudo, siguiendo las órdenes del Emperador: “Podéis completar vuestras armas con algo de vuestro linaje…” Cortés las completó con las armas propias de la familia aragonesa Monroy Rodríguez de Varillas, de la que descendía en línea directa de varón, que son:
“En campo de oro, cuatro palos de gules por las armas del Reino de Aragón; bordura de azur con ocho cruces griegas de plata, bien repartidas.”
(1)   Los colores heráldicos: azur, gules, sinople, sable, plata y oro; se traducen por: azul, rojo, verde, negro, blanco y amarillo.

Luis G. Pérez de León Rivero.
Academia de Hernán Cortés, A.C. Ciudad de México, 19 de junio de 1996.

Fuente de información:
Lucas Alamán, “Hernán Cortés y la Conquista”, Editorial JUS, 1985.
P. José Bravo Ugarte S.J. “Carta al Emperador” Motolinía. Editorial JUS, 1949.
Leopoldo Martínez Cosío, “Heráldica de Cortés”, Editorial JUS, 1949.
Editó: LUIS OZDEN

miércoles, 5 de junio de 2013

CONCIENCIA HISTÓRICA HISPANOAMERICANA




      CONCIENCIA HISTÓRICA HISPANOAMERICANA

ACADEMIA DE HERNÁN CORTÉS, A. C.

“Por la difusión de la verdad histórica”


REFLEXIONES DIRIGIDAS A LOS ESTUDIANTES DE LA HISTORIA

Considero que, el ser humano, para ser tenido como tal, para conducirse de acuerdo a la misión encomendada por el Creador, debe tener conciencia del lugar que ocupa sobre la tierra, de su entorno geográfico y de porqué ha llegado ahí. 

Primeramente, el hombre, debe considerar su fe religiosa, dado que toda sociedad humana, naturalmente, llega a tener alguna creencia en la divinidad. No ha existido sociedad humana, desde el alba de los tiempos, que haya sido atea. Los ateos son algunos individuos aislados que en sus elucubraciones intelectuales se pronuncian agnósticos o ateos. Pero los grupos humanos, aún los más primitivos siempre se han conformado alrededor de alguna deidad.

Con mayor razón las sociedades mas elaboradas, han llegado a comprender mejor la relación de sus miembros con el Creador del Universo,  es entonces, cuando aparece la religión o la creencia religiosa de los componentes de esa sociedad. Los individuos  sabrán  lo que creen y por tanto, tendrán  conciencia religiosa.

En segundo lugar, el hombre, conocerá la cultura a que pertenece, es decir, la que vive cotidianamente: el idioma que modela su pensamiento, y sus costumbres que lo caracterizan y lo distinguen de las otras sociedades. El conocimiento de lo anterior le proporcionará, conciencia cultural.   

Ahora bien, a partir de estas dos actitudes conscientes, la fe religiosa y la cultura; teniendo en cuenta los sucesivos acontecimientos en el tiempo; formará  su historia, que bien aprendida,  le dará la conciencia histórica.

Apoyándonos en las anteriores premisas y contemplando la realidad de las naciones hispanoamericanas, podemos definir que nuestra Conciencia religiosa está en el cristianismo católico, que nuestra Conciencia cultural está en el Hispanismo o  Hispanoamericanismo, (si se entiende a la cultura española modificada por la realidad del continente americano), ya que nuestro idioma es el español, nuestros nombres y apellidos son mayoritariamente españoles, y por ser nuestras costumbres básicamente hispánicas.

Entendido lo anterior, debemos colegir que nuestra Conciencia histórica deberá estar nutrida por los acontecimientos mas importantes que crearon y conformaron a Hispanoamérica, añadiendo a esta conciencia, las posibilidades de contribuir al engrandecimiento y perfección de nuestro entorno nacional.

Cuando estudiamos la historia hispanoamericana, nuestra Conciencia Histórica nos obliga a adecuar nuestro ser contemporáneo al momento de la Conquista militar y espiritual del Nuevo Mundo; a las ideas y acciones que se tomaron desde las últimas décadas del siglo XV y las primeras del siglo XVI.

Ser consciente de nuestra Historia, es tratar de entender aquella gesta única, despojarnos de los prejuicios tan comunes hoy en día como son: el subjetivismo protestante, el romanticismo decimonónico, el pernicioso indigenismo, el materialismo dialéctico y el pragmatismo económico que ensombrecen la mente de casi todos los pensadores e investigadores contemporáneos, principalmente los que se refieren a la historia de la Conquista española.

Tener Conciencia Histórica Hispanoamericana es dejar de lado la perniciosa Leyenda Negra impulsada por los protestantes anglosajones contra España, Hispanoamérica y la Religión Católica.

Nuestra Conciencia Histórica nos revela, también, que a pesar del paso de los cinco siglos que nos separan de los actores de la epopeya conquistadora, nos une con ellos, el hilo conductor de la misma religión y de la misma cultura.

Es por esto, que no nos es difícil encofrarnos en personajes como Hernán Cortés y sus capitanes, en fray Toribio de Benavente y los evangelizadores, en Bernal Díaz del Castillo y los numerosos cronistas que dejaron sus memorias de aquel acontecimiento.

Que con la Conquista y los tres siglos del Virreinato, los nativos americanos fueron arrancados de su oprobioso paganismo carente de toda caridad para con sus semejantes, de su aislamiento milenario, de su atraso neolítico, y fueron puestos en la corriente de la civilización cristiana a diferencia de lo que hicieron los colonizadores protestantes, quienes en las regiones donde se asentaron, eliminaron sin más, a las poblaciones nativas.

Está claro que entre los conquistadores hubo actos heroicos, edificantes, caritativos y sombríos, características, todas estas, inherentes al ser humano. Qué el choque que se produjo causó muchos perjuicios a los pueblos conquistados; pero también España, en su conjunto, se despobló de sus mejores hijos, de los mas valientes, de los más emprendedores que se atrevieron a cruzar el océano tormentoso sin miedo a la muerte.  
Con la Conquista española del siglo XVI comenzaron a nacer nuevas sociedades construidas sobre tierras y pueblos dispares. Con la Conquista española se ensanchó el mundo occidental poniendo los fundamentos de nuevas naciones afines a la gran cultura mediterránea greco-latina.

Durante trescientos años, el IMPERIO ESPAÑOL CATÓLICO  englobó a individuos de todas las razas humanas bajo una misma religión,  un mismo idioma y una misma manera de ver la vida. La gran mayoría de los españoles que participaron en la Conquista del siglo XVI se quedaron para siempre en los territorios americanos y mezclaron su sangre con los nativos  formando razas nuevas, producto de esa Conquista.  De los cientos de miles que se asentaron en el continente a lo largo de trescientos años, los hispanoamericanos contemporáneos somos sus descendientes.

 Por lo tanto, la Conciencia Histórica Hispanoamericana nos obliga a reconocer que hay una continuidad cultural y también genética entre los hispanoamericanos actuales y los habitantes de la cuenca mediterránea: la misma religión, iguales nombres y apellidos, el mismo idioma castellano, costumbres y afinidad mental, salidos todos, de la cultura romana original. En cambio, esa continuidad no la tenemos con los pueblos nativos anteriores a la Conquista, aunque también, la haya en lo genético.

Para el hispanoamericano actual, las culturas prehispánicas son tan ajenas como para cualquier individuo mediterráneo, con lo cual demostramos la mayor importancia de lo cultural sobre lo racial o genético.

El hombre hispanoamericano es consciente de su pertenencia a un orbe de 19 naciones   hermanadas por una misma CONCIENCIA HISTÓRICA. Que  entonces, ya revestido de esta triple armadura espiritual y moral, con un criterio bien formado, podrá afrontar con ventaja, el estado de confusión en que vive la sociedad contemporánea.


VARIOS CONCEPTOS FILOSÓFICOS


ALGUNAS REFLEXIONES PARA LOS LECTORES

 DEL TEXTO SOBRE LA CONCIENCIA HISTÓRICA.


A partir de los siglos XVII y XVIII, principalmente, los pensadores y filósofos del norte de Europa dirigieron exageradamente sus ideas por el camino de las ciencias físicas, alejándose de la metafísica.

El hombre por el solo hecho de serlo, sea religioso o no, debe equilibrar su pensamiento entre lo físico y' lo espiritual. Solamente así estará en condición de no extraviarse intelectualmente.

Cuando se investigan los hechos históricos y se busca la Verdad, se debe estar alerta para evitar caer en ciertos prejuicios, a veces involuntarios, porque casi siempre son el resultado de una formación intelectual defectuosa.

Cuando hablamos de "Subjetivismo protestante" nos referimos a la forma de pensar adquirida por los seguidores del Libre Examen. La libertad sin trabas en cuanto a la religión, imaginando su propia relación con Dios, es decir; utilizando para ello el intelecto o la emoción, de aquí la formación de múltiples sectas. El Subjetivismo es contrario al Objetivismo, siendo éste la realidad de la vida por el conocimiento de nuestros cinco sentidos y por la Razón Natural, mientras que el subjetivismo es el conocimiento de acuerdo con "mi sentir y mi opinión".

Cuando hablamos del "Romanticismo" nos referimos al movimiento filosófico que los pensadores alemanes pusieron en boga desde finales del siglo XVIII y que tuvo su apogeo en todo el siglo XIX, sobre todo en la Literatura y el, Arte. Es la deformación del conocimiento de la realidad objetiva (los hechos de la vida) por medio del sentimiento y de la opinión personal.

Cuando hablamos del "Pernicioso indigenismo" nos referimos a la idealización de los pueblos antiguos, principalmente paganos, atribuyéndoles cualidades que nunca tuvieron en religión, ciencia, filosofía, técnica, tradiciones, salud, etc. etc. Otra vez, se trata de la deformación de la Historia y la Arqueología por razones de partido y de opiniones seudocientíficas.

Cuando hablamos del "Materialismo dialéctico" nos referimos a la dialéctica naturalista expuesta en el siglo XIX por Karl Marx y Federico Engels en Inglaterra. Y cuyos principios materialistas han sido seguidos por los filósofos e historiadores comunistas aplicándolos a la Historia y la Arqueología.

 Cuando hablamos del "Pragmatismo Económico" nos referimos a la corriente filosófica que nació a fines del siglo XIX en U.S.A. y que muchos historiadores la emplean para hacer sus juicios. Tal o cual hecho histórico se entiende, solamente por la conducta económica del momento en cuestión.

 Los anteriores conceptos filosóficos que hemos definido están presentes, en distinta proporción, en el pensamiento y juicio de la mayor parte de los intelectuales contemporáneos; sobre todo los filósofos, historiadores, arqueólogos y profesores de las Universidades, que consciente o inconscientemente comunican esas deformaciones mentales a sus alumnos.

Por lo tanto, la sociedad actual está infectada de Subjetivismo porque responde al ambiente que el llamado "Globalismo" o "Mundialismo" ha venido imponiendo en la mente de las últimas cinco generaciones de habitantes. De éstos solamente una exigua minoría se sale de ese patrón, minoría pensante, de acuerdo al equilibrio de que hablamos al principio de estas reflexiones; equilibrio entre el conocimiento físico y el espiritual.

LA BÚSQUEDA DE DIOS, MIENTRAS VIVIMOS SOBRE LA

TIERRA.


Luis G. Pérez de León Rivero.

Enero-Febrero de 2011


Editó:

LUIS OZDEN